Un Llamado Urgente: Abriendo el Camino al Rey
(English & Español)
Julio 20, 2025 por Raimer R.
PDF: ARTICULO - Un Llamado Urgente: Abriendo el Camino al Rey
Jesús reservó sus palabras más duras no para los que estaban fuera de la fe, sino para los líderes religiosos que fallaron en su tarea principal: guiar al pueblo de manera clara y fiel hacia Dios. En Mateo 23, Jesús expone su fracaso con palabras directas y contundentes:
“¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Cierran ustedes el reino de los cielos en la cara de la gente. Ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo” (Mateo 23:13).
En lugar de abrir el camino hacia Dios, lo bloquearon. En vez de quitar cargas, pusieron aún más peso sobre la gente. Jesús los acusó de llevar a las personas no hacia la vida, sino hacia la destrucción:
“Recorren tierra y mar para ganar un solo prosélito [seguidor], y cuando lo logran, lo hacen dos veces más merecedor del infierno que ustedes mismos” (Mateo 23:15).
Ellos debían preparar a las personas para encontrarse con el Señor, pero su liderazgo creó obstáculos en lugar de removerlos. Jesús los llama guías ciegos, sepulcros blanqueados y serpientes—líderes que parecían justos por fuera, pero llevaban al pueblo por caminos equivocados (Mateo 23:24-33).
Esto debe despertar seriedad en la iglesia de hoy, especialmente entre sus líderes. El liderazgo espiritual es una responsabilidad sagrada—no para conservar tradiciones solo por costumbre ni para construir congregaciones cómodas, sino para guiar almas fielmente hacia Cristo, quitando todo obstáculo que impida el llamado a una entrega total y a una verdadera obediencia al Rey. El liderazgo no consiste en proteger sistemas heredados, sino en preparar a un pueblo que camine con claridad, libertad y obediencia sincera.
En este tiempo, la iglesia y sus líderes deben levantar un llamado urgente y claro: un llamado para que los creyentes regresen a la autoridad de las Escrituras y rindan su lealtad completa a Cristo. Este llamado no es solo sobre lo que creemos, sino sobre cómo vivimos, cómo guiamos y cómo modelamos la fe. El liderazgo no es solo enseñar doctrina—es ser un ejemplo vivido.
Y es aquí donde, siendo sincero, surge mi mayor preocupación respecto al modelo tradicional de iglesia. No es tanto un problema con la tradición misma, sino con el uso continuo de métodos ineficaces que se presentan como “discipulado”. En muchas iglesias hoy, las prédicas siguen siendo el medio principal—y muchas veces el único—para discipular. Es un modelo que exige pasividad de los asistentes, casi sin interacción ni reflexión, y sin el espacio para que hermanos y hermanas en Cristo nos exhortemos y acompañemos con la rendición de cuentas amorosa que realmente nos ayuda a crecer.
Y además, el ministerio se ha profesionalizado. Los “expertos capacitados” hacen la obra, mientras las masas permanecen sentadas, sin ser activadas ni usadas. ¿Cómo se puede decir que esto es bíblico? Efesios 4:11-13 habla claramente: los líderes existen para entrenar, equipar, y enviar a la congregación a hacer la obra del ministerio, no para hacerla en lugar de ellos.
“Él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra del servicio, para edificar el cuerpo de Cristo…” (Efesios 4:11-12).
Sin embargo, lo que vemos practicado en muchas iglesias es exactamente lo contrario a lo que enseña la Palabra.
¿El resultado? Formación que parece enfocarse más en cumplir con expectativas institucionales que en promover una transformación personal genuina. Personas entrenadas en salones de clases, recibiendo diplomas que certifican que fueron “discipuladas”, cuando en la práctica, la aplicación personal y el crecimiento real son casi inexistentes. Estos sistemas ineficaces siguen siendo presentados como el camino normal hacia la madurez. La comida espiritual puede parecer oficial y bien presentada, pero su valor nutricional es sorprendentemente bajo, y su impacto práctico claramente ineficaz—no tanto testificado por estudios de investigación sobre las prácticas de la iglesia, sino por la simple falta de fruto visible. Si alguien puede asistir a una iglesia por dies años y aún sentirse incapaz de discipular a otros, ¡eso es una tragedia! Y la culpa no es solamente del pueblo—empieza por nuestros líderes y los métodos que ellos eligieron, métodos ineficaces que, sin embargo, siguen defendiendo obstinadamente.
Y aun así, el problema va más profundo. Somos criaturas de costumbre. Si no nos desafían, regresamos a lo familiar, no porque sea correcto, sino porque es cómodo. El cambio bíblico requiere energía y perseverancia (con la ayuda del Espiritu Santo). Despojarnos del viejo modelo y abrazar el nuevo, caminar en patrones bíblicos que realmente formen discípulos, requiere esfuerzo constante y compromiso a largo plazo. Demasiadas veces nos conformamos con modelos ineficaces simplemente porque no queremos el cambio lo suficiente como para soportar el esfuerzo que conlleva.
Por eso, los líderes deben hacer algo más que predicar el cambio. Deben caminar pacientemente junto al pueblo en el difícil proceso de transformación, modelando y guiando hasta que una vida semejante a Cristo sea su nueva forma de vivir.
Aquí también debemos entender algo importante: la tradición en sí misma no es el problema. La tradición es neutral. Puede reflejar y reforzar la verdad bíblica o puede desviarnos sutilmente de ella. Pero cuando una tradición—sea en doctrina o en práctica—contradice, añade o distorsiona la Palabra de Dios, debe ser rechazada. Y esto aplica no solo a lo que enseñamos, sino también a cómo discipulamos.
Los líderes deben tener el valor de preguntar: ¿La manera en que nos reunimos, discipulamos y modelamos la vida cristiana refleja realmente el patrón de Jesús? ¿O estamos entregando a las personas hábitos no probados e ineficaces, disfrazados de fidelidad?
Como los bereanos, que examinaban todo a la luz de las Escrituras (Hechos 17:11), la iglesia debe examinar tanto sus creencias como sus prácticas. ¿Estamos realmente edificando sobre Cristo, o simplemente repitiendo lo que heredamos?
Esta es la tarea sagrada de la iglesia y sus líderes: Ayudar a las personas a examinar y desmantelar toda base inestable—sea secular, cultural o religiosa—hasta que sus vidas estén firmemente ancladas sobre la roca sólida que es Jesucristo. No sobre tradiciones solamente. No sobre métodos heredados. No sobre suposiciones, costumbres o lo que es cómodo. Sino sobre Cristo mismo—su vida, sus palabras, sus caminos—como el único fundamento inamovible.
Esta es la iglesia que Jesús soñó. Este es el discipulado que Él mandó: Un pueblo totalmente rendido. Un pueblo verdaderamente fundamentado. Un pueblo plenamente alineado con el Rey. Y ahora, más que nunca, la iglesia—y sus líderes—deben levantar un llamado claro, urgente y contundente: ¡Regresen a la autoridad de las Escrituras y a la lealtad total a Jesucristo!