Matrimonio: Responsabilidad, Crecimiento y el Trabajo del Amor
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por Raimer Rojas
Si el matrimonio es el diseño de Dios para que dos personas construyan una vida, una familia y un futuro juntos bajo Dios — un lugar donde ambos deben florecer — entonces el matrimonio no se sostiene principalmente por el romance, la compatibilidad o incluso los sentimientos. El matrimonio se sostiene por la responsabilidad, el amor de pacto y las decisiones diarias.
Dos personas pueden tener un buen matrimonio, un matrimonio promedio o un matrimonio muy difícil en gran parte dependiendo de cómo cada persona vive sus responsabilidades, no solo de cómo se sienten el uno con el otro. El matrimonio funciona mejor cuando ambos no están principalmente preguntando: “¿Me estás haciendo feliz?”, sino más bien: “¿Cuál es mi responsabilidad para amarte, servirte y construir esta vida contigo?”
El matrimonio tiene menos que ver con encontrar a la persona perfecta y más que ver con convertirse en la clase de persona que puede construir una vida con otra persona.
Una manera útil de pensar en el matrimonio es esta: el matrimonio es un jardín que Dios le da a dos personas, y ambos son jardineros. Si ambos lo riegan, lo protegen, quitan las malas hierbas y siembran cosas buenas, el jardín se vuelve hermoso. Si uno trabaja y el otro lo descuida, el jardín sufre. Si ambos lo descuidan, el jardín poco a poco muere. Y si ambos lo dañan, el jardín se vuelve doloroso. Así que la verdadera pregunta en el matrimonio no es solo: “¿Nos amamos?” La verdadera pregunta es: “¿Los dos estamos tomando responsabilidad por el jardín?”
El matrimonio no crece automáticamente. El matrimonio crece donde hay personas que toman responsabilidad.
Antes de hablar de diferentes roles, hay responsabilidades que pertenecen tanto al esposo como a la esposa. Ambos son responsables de proteger la relación de no dañarla con:
falta de respeto
desprecio
palabras duras
descuido
distancia emocional
secretos
decisiones egoístas
adicciones
infidelidad
crítica constante
Muchos matrimonios no fracasan por un solo evento grande, sino por pequeños daños diarios que se van acumulando con el tiempo.
Ambos también son responsables de invertir en la conexión. El matrimonio no puede sobrevivir solo con la logística — cuentas, hijos, horarios, trabajo y responsabilidades. El matrimonio necesita conversación, amistad, tiempo juntos, risas, escuchar, ánimo, afecto, oración y sueños compartidos. La conexión no es automática. Se tiene que construir intencionalmente.
Pero una de las responsabilidades más importantes en el matrimonio muchas veces se pasa por alto.
Uno de los errores más grandes en el matrimonio es esta manera de pensar: “Si tú cambiaras, nuestro matrimonio estaría mejor.” Los matrimonios saludables se construyen con personas que dicen: “Yo voy a trabajar en ser un mejor esposo.” & “Yo voy a trabajar en ser una mejor esposa.” Los problemas en el matrimonio muchas veces no son solo problemas de comunicación. Son problemas de carácter, de madurez y del corazón.
Y parte de la razón es que todos traemos equipaje al matrimonio. Traemos hábitos de nuestras familias, formas de hablar que aprendimos al crecer, miedos, inseguridades, orgullo, enojo, control, heridas emocionales, dolores del pasado, expectativas irreales y patrones egoístas. Traemos cosas de nuestro pasado lejano y también de experiencias recientes difíciles o frustrantes.
No entramos al matrimonio como personas terminadas. Entramos al matrimonio como personas en proceso. Y muchas veces, lo que lastima el matrimonio no es solo lo que la otra persona hace, sino lo que nosotros mismos traemos al matrimonio. La verdad es simple pero importante:
La basura que cargamos es la basura que afecta nuestro matrimonio.
Si yo cargo enojo, mi matrimonio va a sentir mi enojo.
Si cargo inseguridad, mi matrimonio va a sentir mi inseguridad.
Si cargo orgullo, mi matrimonio va a sentir mi orgullo.
Si cargo dolor no resuelto, mi matrimonio va a sentir ese dolor.
Si cargo egoísmo, mi matrimonio va a sentir mi egoísmo.
El matrimonio muchas veces no crea todos estos problemas. El matrimonio revela lo que ya estaba ahí. Por eso, una de las grandes responsabilidades en el matrimonio es esta: trabajar en uno mismo. Dejar que Dios nos cambie. Tomar responsabilidad por nuestro propio crecimiento, nuestras heridas, nuestros hábitos, nuestras palabras y nuestras reacciones. Muchas personas entran al matrimonio buscando a la persona correcta. Los matrimonios fuertes se construyen con personas que se enfocan en convertirse en la persona correcta.
Pero esto no significa que en el matrimonio ignoramos los problemas o que nunca nos confrontamos. El matrimonio no se trata de controlarnos el uno al otro, pero tampoco se trata de ignorar los problemas del otro. El matrimonio debe incluir responsabilidad amorosa. No somos responsables de obligar a nuestro esposo o esposa a cambiar, pero sí somos responsables de amarlos lo suficiente como para decir la verdad, hablar de los problemas y llamarnos el uno al otro a crecer y madurar.
Aquí hay una distinción muy importante: Puedo señalar cosas que necesitan cambiar, pero no puedo obligarte a cambiar. Esta es la diferencia entre el control y el amor. El control intenta forzar el cambio por medio de presión, crítica, vergüenza, enojo, manipulación o distancia. La responsabilidad amorosa, en cambio, habla la verdad con humildad, bondad y valentía. No destruye a la otra persona; la llama a algo mejor.
La responsabilidad amorosa suena así:
“Te amo, y esto está lastimando nuestro matrimonio.”
“Yo sé que tú puedes ser mejor que esto.”
“Yo veo en quién te puedes convertir.”
“Quiero que tengamos un matrimonio fuerte.”
“No estoy en tu contra, estoy de tu lado. Pero necesitamos trabajar en esto.”
En un matrimonio fuerte, ninguno está tratando de controlar al otro, y tampoco están ignorando los problemas. Más bien, se ayudan mutuamente a crecer. El matrimonio se convierte en un lugar donde dos personas:
dicen la verdad
se perdonan seguido
se animan
se corrigen con suavidad
se apoyan y sacan lo mejor el uno del otro
se ayudan mutuamente a convertirse en las personas que Dios los creó para ser
De esta manera, el matrimonio se convierte no solo en un lugar de amor y compañía, sino también en un lugar de crecimiento, madurez y transformación.
El matrimonio generalmente no fracasa porque dos personas malas se casaron. El matrimonio generalmente lucha porque dos personas egoístas se casaron, dos personas inmaduras se casaron, dos personas heridas se casaron, o dos personas pensaron que el matrimonio los iba a hacer felices en lugar de hacerlos más amorosos. El matrimonio no se sostiene por sentimientos de amor. El matrimonio se sostiene por decisiones de amor.
Un matrimonio fuerte se construye con dos personas que toman responsabilidad por sí mismas:
trabajan en su propio corazón
perdonan seguido
hablan la verdad con amor
se ayudan mutuamente a crecer
invierten en su conexión
protegen la relación y siguen construyendo la vida juntos
Un matrimonio fuerte no se construye con dos personas perfectas. Se construye con dos personas responsables, que perdonan, que son humildes, que están creciendo, que no se rinden el uno con el otro y que siguen escogiendo amar, crecer y construir juntos bajo Dios. Y cuando dos personas viven de esta manera, ambos florecen, y el matrimonio se convierte en lo que Dios diseñó que fuera: no perfecto, pero fuerte, lleno de vida y duradero.
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