Manos que Perdonan: la Historia de Corrie ten Boom
(English & Español)
Raimer Rojas
Recursos en Español • Sanidad Interior • Enseñanza sobre el Perdón • Oración de Perdón
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Raimer Rojas
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Años después de la guerra, aproximadamente 25 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, Corrie ten Boom estaba de pie en una iglesia en Múnich, Alemania, hablando sobre el perdón de Dios. Les decía a los congregantes que cuando confesamos nuestros pecados, el Señor los arroja al fondo del mar y ya no los recuerda. La gente escuchaba, asintiendo en silencio.
Pero al finalizar el servicio, un hombre comenzó a acercarse a ella. Y de repente, el tiempo se detuvo. Corrie reconoció su rostro. Había sido un guardia en Ravensbrück, el campo de concentración donde ella y su hermana Betsie habían sufrido horrores indescriptibles.
Ravensbrück era un lugar de miseria que superaba las palabras. Las mujeres estaban hacinadas como animales, muriendo de hambre hasta que sus costillas sobresalían por la piel. Los llamados a filas en el frío duraban horas hasta que las más débiles colapsaban en la nieve. Los piojos infestaban su ropa, las enfermedades se propagaban rápidamente, y la humillación constante les robaba toda dignidad.
Corrie recordó el día en que ella y Betsie fueron obligadas a permanecer desnudas, mientras los guardias las ridiculizaban y ellas trataban de cubrirse con manos temblorosas. Recordó el látigo, las órdenes gritadas, la crueldad de quienes parecían deleitarse con el sufrimiento. Y recordó a Betsie, su amada hermana, desvaneciéndose lentamente hasta que su frágil cuerpo finalmente cedió en ese lugar de muerte.
Y ahora, uno de esos guardias estaba frente a ella. “Fraulein”, dijo, extendiendo la mano, “es maravilloso saber que, como usted dice, todos nuestros pecados han sido arrojados al fondo del mar. Yo fui guardia en Ravensbrück… pero desde entonces me he convertido en cristiano. Sé que Dios me ha perdonado por las cosas crueles que hice allí, pero me gustaría escucharlo de sus labios también. Fraulein… ¿me perdona?”
Corrie se quedó paralizada. Su mano permaneció a su costado. En ese instante, todo el dolor y los recuerdos la abrumaron. Los rostros de las mujeres. La hambre. La humillación. El sufrimiento de Betsie. La idea de perdonar le parecía imposible. Todo en su corazón gritaba: No puedo perdonarlo. Y entonces, en desesperación, oró en silencio para sí misma: “Jesús, no puedo perdonarlo. Dame Tu perdón.”
Entonces ocurrió algo extraordinario. Sintió una corriente recorrer su hombro, bajar por su brazo y llegar a su mano mientras la extendía para tomar la del hombre. Y cuando sus manos se tocaron, sintió un amor abrumador, como nunca antes lo había experimentado. Con lágrimas corriendo por su rostro, dijo: “Te perdono, hermano… con todo mi corazón.”
Más tarde, Corrie escribió sobre ese momento: “Nunca había conocido el amor de Dios tan intensamente como entonces. El perdón no es un sentimiento; el perdón es un acto de la voluntad, y la voluntad puede funcionar sin importar la temperatura del corazón. Cuando Él nos manda a amar a nuestros enemigos, nos da, junto con el mandato, el amor mismo.”
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Si Corrie ten Boom pudo perdonar a un hombre que participó en el sufrimiento y la muerte de su hermana y de muchos más judios, entonces en Cristo también nosotros podemos perdonar a quienes nos han hecho daño. El perdón no excusa la ofensa; la coloca en las manos del único Juez verdadero. Libera a ti de la prisión de la amargura, y también puede abrir la puerta para que la misericordia de Dios toque la vida del ofensor. El perdón es para tu libertad… y quizá también para la salvación del otro.
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Frase central para recordar y enseñar:
“Perdonar es soltar al ofensor de tu gancho, y dejarlo en las manos de Dios.”