El problema: controlar nuestra conducta no siempre transforma nuestro corazón
Todos enfrentamos momentos en los que debemos tomar decisiones firmes. Ante una tentación, una reacción de enojo o un deseo equivocado, necesitamos gobernar nuestra conducta. Pero ¿qué sucede cuando logramos controlar una reacción y, días después, volvemos a enfrentar exactamente la misma lucha? Podemos estar desarrollando la capacidad de controlar nuestras acciones sin necesariamente atender lo que las produce.
Imaginemos nuestra vida como un árbol. Nuestras reacciones y decisiones son los frutos visibles. Nuestras motivaciones, deseos y amores forman parte de las raíces que los producen. El dominio propio nos ayuda a detener el fruto malo cuando aparece. Esa decisión importa y puede evitar mucho daño. Sin embargo, quitar el fruto malo no transforma necesariamente las raíces que lo producen. Si no atendemos lo que sucede en nuestro interior, el mismo fruto puede volver a aparecer.
El proceso de formación nos lleva a trabajar con Jesús en las raíces. Con la ayuda del Espíritu Santo, aprendemos a reconocer lo que alimenta nuestras reacciones y nos disponemos a recibir su obra transformadora. Pero enfocarnos solamente en las raíces también tiene un límite.
Mientras seguimos siendo transformados, todavía pueden surgir impulsos que requieren atención inmediata. No podemos justificar una reacción dañina diciendo que estamos trabajando en nuestro interior. Nuestras acciones tienen consecuencias y pueden causar daños que una decisión oportuna habría evitado.Necesitamos atender el fruto que aparece hoy mientras permitimos que Dios transforme las raíces que lo producen.
Jesús enseñó que el fruto revela lo que hay en el corazón (Lucas 6:43–45). También nos recordó que no podemos llevar fruto por nosotros mismos, sino permaneciendo en Él (Juan 15:4–5). No queremos simplemente un árbol al que constantemente le quitamos los frutos malos. Queremos permanecer en Cristo para que Él transforme nuestra vida desde las raíces y produzca en nosotros buenos frutos.
Dos énfasis que necesitamos integrar
En algunos contextos latinoamericanos se enfatiza el dominio propio como la capacidad de gobernar nuestra conducta mediante decisiones firmes. En ciertos contextos estadounidenses se destaca más el autocontrol como parte de un proceso gradual de formación.
Estos énfasis no son exclusivos de ninguna cultura, pero nos ayudan a reconocer dos dimensiones importantes del discipulado. En hebreo encontramos el verbo mashal, que significa gobernar o ejercer dominio. Proverbios 16:32 destaca el valor de quien gobierna su propio espíritu. En griego encontramos enkráteia, que expresa dominio sobre uno mismo, especialmente sobre los deseos e impulsos. Pablo lo presenta como fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22–23).
Bíblicamente, autocontrol y dominio propio no son dos virtudes distintas. La diferencia que exploramos aquí es práctica: gobernar nuestras respuestas en el momento y participar en el proceso mediante el cual Dios transforma nuestro interior. No se trata de escoger entre controlar nuestra conducta y transformar nuestro corazón. Necesitamos ambos, bajo la dirección de Jesús.
Dos encuentros del Evangelio nos ayudan a comprender por qué.
Pedro: cuando una decisión firme necesita mayor entendimiento
Solemos pensar en Pedro como una persona impulsiva. Sin embargo, también demostró determinación y capacidad para tomar decisiones firmes. Cuando Jesús quiso lavarle los pies, Pedro respondió: “No me lavarás los pies jamás.“ (Juan 13:8 RVR1995). Su reacción probablemente nació del amor y respeto hacia su Maestro. Pedro no quería que Jesús se humillara ante él.
Sin embargo, al actuar según su propio entendimiento, estaba resistiendo lo que Jesús quería hacer en ese momento. Jesús respondió: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después.” (Juan 13:7 RVR1995). Pedro actuaba conforme a lo que consideraba correcto, pero no estaba respondiendo a lo que Jesús le indicaba. Su amor y determinación eran valiosos, aunque su comprensión todavía era limitada.
Pedro no necesitaba simplemente mayor determinación, sino aprender a someter su propio entendimiento a la dirección de Jesús. Su experiencia nos invita a preguntarnos: ¿Podríamos estar defendiendo algo que consideramos correcto sin reconocer lo que Jesús quiere enseñarnos en ese mismo momento? Jesús estaba enseñándole a Pedro a percibir las cosas de otra manera. La humildad de su Maestro no contradecía su grandeza, sino que revelaba su carácter y sus propósitos.
Aquí descubrimos algo fundamental: podemos tener buenas intenciones y tomar decisiones firmes, pero aun así necesitar que Jesús transforme nuestra comprensión de lo que verdaderamente importa.
María: decisiones que nacen de un corazón atento a Jesús
María de Betania nos presenta otra perspectiva. Cuando decidió sentarse a los pies de Jesús para escucharlo, Marta cuestionó su elección. María permaneció allí, sin que el relato registre que intentara defenderse. Jesús mismo afirmó que había escogido la buena parte (Lucas 10:38–42).
Más adelante, María derramó un perfume costoso sobre los pies de Jesús. Aunque su acción fue cuestionada, Jesús reveló que estaba relacionada con su sepultura (Juan 12:1–8). No sabemos cuánto comprendía María acerca del significado de su acción. Sin embargo, su amor y atención a Jesús la llevaron a tomar una decisión que resultó estar profundamente alineada con sus propósitos. María no solamente demostró determinación. Sus decisiones reflejaban una sensibilidad hacia lo que verdaderamente importaba para Jesús.
El contraste es revelador. Pedro actuó con firmeza, pero necesitaba aprender a reconocer lo que Jesús estaba haciendo. María también actuó con firmeza, y sus decisiones reflejaron una disposición atenta hacia Él. Esto no significa que María fuera perfecta o que Pedro careciera de madurez. Ambos estaban aprendiendo a seguir a Jesús.
La enseñanza para nosotros es que no basta con fortalecer nuestra capacidad de decidir. Necesitamos cultivar una relación con Jesús que transforme nuestra manera de percibir y responder. Cuanto más aprendemos a estar con Jesús, más podemos aprender a reconocer su corazón y responder conforme a sus propósitos.
¿Cómo se integran estas dimensiones en nuestra vida cotidiana?
Imaginemos a un hombre que lucha constantemente con el enojo. El dominio propio le ayuda a detenerse y no responder agresivamente. Esa decisión importa y puede evitar mucho daño. Pero ¿qué sucede después? ¿Simplemente continúa con su vida hasta la próxima ocasión en que necesite controlar su enojo?
El proceso de formación lo invita a ir más profundo:
¿Por qué reacciono así?
¿Qué está sucediendo en mi corazón?
¿Qué necesito aprender de Jesús para responder de otra manera?
Al examinar su interior, depende de la ayuda del Espíritu Santo para reconocer lo que por sí mismo no alcanza a ver. Comienza a identificar las motivaciones y los deseos que alimentan sus reacciones. También puede descubrir amores que compiten con la manera en que Dios lo llama a amar. Quizás descubre que su enojo está relacionado con su necesidad de tener siempre la razón. O tal vez reconoce cuánto depende de recibir el respeto que considera merecer.
Ahora puede llevar estas realidades delante de Jesús y aprender de Él nuevas maneras de responder. Al examinar su corazón y practicar lo que Jesús le enseña, se dispone a recibir la obra transformadora del Espíritu Santo. Progresivamente, Dios va formando en él paciencia, humildad y amor.
Cuando vuelve a enfrentar una situación difícil, tiene una nueva oportunidad para poner en práctica lo aprendido. Si falla, puede reconocer el daño y buscar repararlo. También puede regresar a Jesús para seguir aprendiendo. No se trata solamente de controlar una reacción, sino de permitir que Dios transforme aquello que la produce.
Esta integración aparece en las Escrituras. Romanos 6:12–13 nos llama a no permitir que el pecado gobierne nuestras acciones. Romanos 12:2 nos llama a ser transformados mediante la renovación de nuestra mente. Y Filipenses 2:12–13 nos recuerda que Dios obra en nosotros tanto en el querer como en el hacer.
Dios es quien nos transforma, pero nosotros participamos activamente en esa obra. Respondemos a su dirección mientras aprendemos a confiar en Él y practicar lo que nos enseña. Con el tiempo, nuestra mente es renovada y nuestros amores son reordenados. Nuestras motivaciones son purificadas y nuestras acciones comienzan a reflejar cada vez más el carácter de Jesús.
Más que decisiones correctas: una postura de vida
Aquí llegamos a una dimensión fundamental del discipulado. Nuestra manera de vivir no consiste solamente en tomar decisiones correctas en momentos específicos. Consiste también en cultivar, a lo largo de la vida, una postura de atención a Jesús y a nuestro propio corazón. Con la ayuda del Espíritu Santo, aprendemos a reconocer aquellas áreas de nuestro interior que todavía necesitan ser transformadas. Las llevamos intencionalmente a la presencia de Jesús, permitiendo que Él obre en ellas.
No esperamos a ser transformados para comenzar a obedecer. Respondemos a lo que Jesús nos muestra hoy, mientras permanecemos abiertos a todo lo que todavía quiere enseñarnos. Reconocemos que nunca lo sabremos todo. Siempre tendremos más que aprender de su corazón y sus propósitos.
Esta postura también transforma nuestra manera de acompañar a otros. No buscamos simplemente enseñarles a tomar mejores decisiones, sino ayudarlos a aprender de Jesús por sí mismos. Caminamos juntos, examinamos nuestras respuestas a la luz de sus enseñanzas y nos animamos a practicar lo aprendido. Así, cada discípulo aprende a permanecer atento a Jesús y a seguir creciendo bajo su dirección.
Esta es nuestra postura de vida: responder fielmente a lo que ya comprendemos, permaneciendo abiertos a todo lo que Jesús todavía quiere enseñarnos y transformar en nosotros. Al estar con Jesús, aprendemos a ser cada vez más como Él. A medida que somos transformados, aprendemos a actuar como Él actuó. Así avanzamos hacia la meta de vivir como Jesús vivió, bajo su dirección y dependiendo de su Espíritu.
La meta no es simplemente desarrollar mayor fuerza de voluntad. Es llegar a ser personas cuya manera de pensar y actuar refleje cada vez más el carácter de Cristo. Necesitamos atender el fruto de hoy, sin dejar de cuidar las raíces. Y, sobre todo, necesitamos permanecer en Jesús, porque es Él quien produce en nosotros el fruto de una vida transformada.